dissabte, 19 de juliol de 2014

El descubrimiento






 Al fin habíamos llegado a aquella hermosa cicatriz que podía divisarse desde la falda de la montaña. Había depositado todas las esperanzas de mi largo viaje hasta la Costa Mediterránea en aquella gruta, de la que esperaba recibir las respuestas a cientos de preguntas que se hospedaban en mi cabeza desde hacía años. Levanté la mirada y mis ojos se cargaron de alegría al contemplar que estábamos tan solo a unos metros de la Cueva del Parpalló. A pesar de que estaba ansioso de cruzar su puerta, decidí que sería mejor tomarnos un merecido descanso antes de entrar y de esa manera recuperar fuerzas e hidratarnos tras la dura caminata.
Tras dar buena cuenta del bocadillo y mientras esperaba a que los demás acabaran de almorzar decidí que lo mejor sería echar un vistazo por los alrededores de la cueva. Si mis sospechas eran ciertas, allí debía encontrar indicios suficientes que confirmaran que aquella zona ya había sido habitada hacía miles de años por nuestros congéneres.
No tardé demasiado tiempo en darme cuenta de que mis teorías no serían fáciles de corroborar al menos sin pisar el interior de la cueva, ya que aquel sendero había sido utilizado con regularidad por pastores y rebaños vecinos que incluso habían utilizado aquellas cavidades como refugio habitual. Para mi satisfacción, mientras exploraba las inmediaciones pude encontrar algunos pedernales o “piedras de fuego”, que era el nombre con el que comúnmente llamaban los campesinos a sus mecheros, algo que resultaba una buena noticia para mí y para mi equipo. Sin ni siquiera prestar atención, fui adentrándome entre los arbustos y acercándome a aquella garganta excavada en la roca. La estudié durante unos minutos. A simple vista parecía de fácil acceso, así que avisé a mis compañeros de que realizaría una primera exploración en solitario. Tras colocarme el traje impermeable, prendí fuego a la llama de mi casco y le solicité a Joan que me ayudara a asegurar las cuerdas de seguridad al arnés de cuero que habíamos fabricado para la ocasión.
Después de dar unos primeros pasos inestables hacia el interior de la caverna adentrándome en la negrura,  vi algo en el suelo que me llamó la atención. Me agaché y tomé entre mis dedos lo que a todas luces era la punta de una flecha de aletas y pedúnculo. Las pequeñas láminas geométricas de sílex utilizadas en su confección me indicaron que debían tener entre unos 11.000 y 15.000 años. Eché un vistazo a mi alrededor esperando poder encontrar más objetos que pudieran darme más datos sobre la antigüedad de aquella pequeña joya de la naturaleza bajo la que me resguardaba. A pocos metros divisé una pieza que también llamó mi atención. Me acerqué y cogí el objeto comprobando, cuando lo tuve en mi mano que se trataba de un raspador de sílice con un extremo redondeado que solía ser utilizado en el paleolítico superior para el trato de la piel y la fabricación de ropa y calzado.
A medida que entraba en la cueva, sentía como mi espíritu se sentía cada vez más libre, menos atado a la realidad que me rodeaba y más en comunión con aquella hospitalaria morada. Mientras los segundos pasaban, no podía creer lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. La quietud que me había rodeado hasta ese momento comenzaba a resquebrajarse animada por el estado de éxtasis que me embargaba. Cuando abrí mis ojos tras ese momento de ensoñación, sentí que pertenecía a aquel lugar tanto como aquellas figuras de cabellos largos que me rodeaban y que grababan con tesón imágenes de animales sobre las plaquetas de la galería interior. Por ensalmo, mi mirada se desvió hacia un rincón en el que un malhumorado individuo se encontraba acuclillado y desde el que desechaba lanzando al aire diferentes instrumentos rotos o inservibles. Los cazadores procedían a la inscripción y decoración de sus jabalinas preparándolas para la caza, mientras las mujeres despellejaban los animales para proceder a su cocinado.  
Una voz me sacó de mi sueño mientras una sonrisa de satisfacción afloraba en mi rostro. Sentí que la paz y la felicidad me embargaban después de comprobar que todos aquellos años de dedicación habían sido recompensados.
Leonardo Jiménez Gómez