Adriana Serlik
dimecres, 23 de juliol del 2014
dissabte, 19 de juliol del 2014
El descubrimiento
Al fin habíamos
llegado a aquella hermosa cicatriz que podía divisarse desde la falda de la
montaña. Había depositado todas las esperanzas de mi largo viaje hasta la Costa Mediterránea
en aquella gruta, de la que esperaba recibir las respuestas a cientos de
preguntas que se hospedaban en mi cabeza desde hacía años. Levanté la mirada y mis
ojos se cargaron de alegría al contemplar que estábamos tan solo a unos metros
de la Cueva del
Parpalló. A pesar de que estaba ansioso de cruzar su puerta, decidí que sería
mejor tomarnos un merecido descanso antes de entrar y de esa manera recuperar
fuerzas e hidratarnos tras la dura caminata.
Tras dar buena
cuenta del bocadillo y mientras esperaba a que los demás acabaran de almorzar
decidí que lo mejor sería echar un vistazo por los alrededores de la cueva. Si mis
sospechas eran ciertas, allí debía encontrar indicios suficientes que confirmaran
que aquella zona ya había sido habitada hacía miles de años por nuestros
congéneres.
No
tardé demasiado tiempo en darme cuenta de que mis teorías no serían fáciles de
corroborar al menos sin pisar el interior de la cueva, ya que aquel sendero había
sido utilizado con regularidad por pastores y rebaños vecinos que incluso
habían utilizado aquellas cavidades como refugio habitual. Para mi
satisfacción, mientras exploraba las inmediaciones pude encontrar algunos
pedernales o “piedras de fuego”, que era el nombre con el que comúnmente
llamaban los campesinos a sus mecheros, algo que resultaba una buena noticia
para mí y para mi equipo. Sin ni siquiera prestar atención, fui adentrándome entre los arbustos y
acercándome a aquella garganta excavada en la roca. La estudié durante unos
minutos. A simple vista parecía de fácil acceso, así que avisé a mis compañeros
de que realizaría una primera exploración en solitario. Tras colocarme el traje
impermeable, prendí fuego a la llama de mi casco y le solicité a Joan que me
ayudara a asegurar las cuerdas de seguridad al arnés de cuero que habíamos
fabricado para la ocasión.
Después de dar unos
primeros pasos inestables hacia el interior de la caverna adentrándome en la
negrura, vi algo en el suelo que me
llamó la atención. Me agaché y tomé entre mis dedos lo que a todas luces era la
punta de una flecha de aletas y pedúnculo. Las pequeñas láminas geométricas de
sílex utilizadas en su confección me indicaron que debían tener entre unos
11.000 y 15.000 años. Eché un vistazo a mi alrededor esperando poder encontrar
más objetos que pudieran darme más datos sobre la antigüedad de aquella pequeña
joya de la naturaleza bajo la que me resguardaba. A pocos metros divisé una
pieza que también llamó mi atención. Me acerqué y cogí el objeto comprobando, cuando
lo tuve en mi mano que se trataba de un raspador de sílice con un extremo
redondeado que solía ser utilizado en el paleolítico superior para el trato de
la piel y la fabricación de ropa y calzado.
A
medida que entraba en la cueva, sentía como mi espíritu se sentía cada vez más
libre, menos atado a la realidad que me rodeaba y más en comunión con aquella
hospitalaria morada. Mientras los segundos pasaban, no podía creer lo que
estaba ocurriendo a mi alrededor. La quietud que me había rodeado hasta ese
momento comenzaba a resquebrajarse animada por el estado de éxtasis que me
embargaba. Cuando abrí mis ojos tras ese momento de ensoñación, sentí que
pertenecía a aquel lugar tanto como aquellas figuras de cabellos largos que me
rodeaban y que grababan con tesón imágenes de animales sobre las plaquetas de
la galería interior. Por ensalmo, mi mirada se desvió hacia un rincón en el que
un malhumorado individuo se encontraba acuclillado y desde el que desechaba
lanzando al aire diferentes instrumentos rotos o inservibles. Los cazadores
procedían a la inscripción y decoración de sus jabalinas preparándolas para la
caza, mientras las mujeres despellejaban los animales para proceder a su
cocinado.
Una
voz me sacó de mi sueño mientras una sonrisa de satisfacción afloraba en mi
rostro. Sentí que la paz y la felicidad me embargaban después de comprobar que
todos aquellos años de dedicación habían sido recompensados.
Leonardo Jiménez Gómez
divendres, 27 de juny del 2014
dijous, 26 de juny del 2014
Un viaje inesperado
Homenaje a la cueva del Parpalló
En
una de las laderas aparece una silueta humana, es Dan´Ha. Un adolescente
apuesto, de pelo negro, ojos castaños y de mirada astuta, vestido con traje y
zapatos de pieles contra el frío que le cubre todo el cuerpo. El conjunto está
hecho varias capas de pieles claras, unidas y cosidas entre si, dándole toda la
protección necesaria contra las inclemencias del tiempo. Como armas solo lleva
un cuchillo de piedra y una lanza por si surge algún imprevisto. Parece que no
le molesta tanto el viento, está acostumbrado, mientras no nevara todo irá
bien. Le gusta pasear por la zona, solitario, a la escucha, observando el entorno,
las plantas o los animales, pero le ha tocado vigilar los alrededores de su
cueva y si otros grupos humanos
desconocidos vienen con malas intenciones. Tiene que estar preparado para
avisar a los suyos pero finalmente este día ha pasado tranquilamente.
Dan´Ha
pertenece a la tribu de los talladores de hojas planas, o “Zikha-Uk-Tsi”
como se denominan a sí mismos en su
propio idioma. El nombre se debe a las valiosas herramientas de sílex, u otras
rocas, que producen y que tienen, en su mayoría, formas planas como algunas de
las hojas de los árboles. En ocasiones las intercambian por otras herramientas
o productos que necesitan mediante trueque cuando se encuentran en grandes
reuniones tribales, dos o tres veces al año.
La
tribu, compuesta por varios clanes o
familias que viven aisladas pero están en contacto a menudo, son
autosuficientes y autónomas, pueden hacer todo tipo de actividades pero su
familia está especializada en el dominio artístico para uso sagrado. Trabajan
para toda la colectividad de forma casi anónima pero reciben el reconocimiento
por esta labor muy importante dentro y fuera de la comunidad.
Dan´Ha
tiene muchas habilidades para un joven de su edad, trabaja con diversos tipos
de materiales: piedra, madera, marfil,
huesos, fibras vegetales, y conoce muchas técnicas aunque tiene, como su padre,
predilección por el grabado y la pintura de animales, plantas y símbolos en
plaquetas de piedra.
La
covacha donde trabaja su padre y vive su familia, sirve también de lugar de
culto en ocasiones y de almacén donde dejan piezas y esbozos en diferentes
lugares desde hace ya varias generaciones atrás. Suelen venir, a veces, otros artesanos
artistas de otros clanes o familias para aprender, intercambiar información y
experiencias.
El
verano transcurre mas o menos sin grandes cambios, aunque su padre, en una
operación de talla de sílex, se ha herido gravemente la mano, lo que le ha dificultado
gravemente la posibilidad de seguir realizando grandes trabajos pero Dan´Ha,
que ya tiene quince primaveras, poco menos de la mitad de la vida humana en esa
época, ha pedido permiso para sustituirle como gran maestro dedicado a obras
artísticas o “Kuer-Ur-Anak”.
Su
padre ha aceptado pero ha ido a ver al consejo de ancianos de todas las
familias cercanas para proponer a su hijo en el puesto.
Para
ser gran maestro es importante efectuar un rito de paso, que consiste en un
viaje iniciático. En él, tendrá, entre otras cosas, que elegir un nuevo animal
totémico creador para su clan. El viaje tiene sus riegos pero tendrá que asumirlos
para superar el rito.
Emocionado
y algo asustado a la vez, razonando llega a la conclusión pues puede que este
evento sea una gran oportunidad para él, su familia y toda la tribu.
Para
empezar su camino, tendrá que esperar la migración anual de los renos en el
otoño, en dirección del norte hasta la montañas sagradas.
Dan´Ha
se ha preparado para la marcha y junto con dos otros compañeros elegidos por el
consejo, emprenderán en breve el viaje de sus vidas. Todo está por hacer y
descubrir.
Gonzalo
Ortega
Quins animals més estranys!
Un dia, quan ja havia passat una lluna des que
s’havien instal·lat en la boca d’aquella gruta, la colla no va poder eixir de
cacera perquè semblava que s’acabava el món; una gran ploguda, acompanyada de
moltes lluminàries al cel i una tronada impressionant, els feia impossible
l’eixida de la cova i els convidava a mantenir-se arrecerats allà dins. A la
vora de la foguera.
Un jove dels membres de la colla, jove, va
eixir del fons de la caverna fent unes grans exclamacions, que eren una barreja
de por i d’admiració.
Aquell jove va captar l’atenció del líder i va
aconseguir fer-se’n acompanyar a la part més interna de la cova.
Quan tots dos van arribar en la galeria on
havia estat el jove, aquest va acostar el bol de greix on surava una flameta i
va il·luminar, en un pany de la paret, diverses figures d’animals, que
apareixien i desapareixien a mesura que ell anava desplaçant el bol.
El líder va tindre la mateixa reacció que,
abans, havia tingut el jove: va adoptar un posat amenaçador, va bramar contra
aquelles figures, va fer salts i gestos hostils, que eren una mig defensives
mig ofensives. Volia evitar que aquells animalots els obligaren a abandonar el
refugi.
Però el seu posat va canviar quan, al cap
d’una estona, i estimulat per l’actitud calmada del jove, es va adonar que
aquelles figures no es movien; s’hi va acostar a poc a poc, i va posar la mà
sobre una d’aquelles figures: estava freda, morta. Però, no tenia pèl! Ni
escates, ni plomes! La carn no es podia separar de la paret: aquells animals hi
estaven enganxats!
Mentre ells dos estaven interrogant-se sobre aquella
meravella, va entrar un dels nouvinguts que se’ls havia afegit, a la colla,
feia algunes llunes.
Aquest no es va estranyar gens davant
d’aquelles imatges; no va fer cap expressió d’alarma, al contrari, va agafar un
terrosset que duia al seu sarró, en va trencar un tros, se’l va posar a la
palma de la mà, hi va escopir unes quantes vegades, i el va reblanir, després
es va posar-se a plasmar una figura humana molt estilitzada. Volia representar
una dona recollint llavors amb un cistell a la mà.
Salvador
Pallarès-Garí
Quines pedres més estranyes!
El jove de la colla acabava de trobar-se una
pedra que tenia unes cares molt suaus i uns cantells molt tallants. Allò li va
fer pensar en un tros de pell aixafat a les vores amb les dents, un tros de
pell adobat per servir de recobriment dels pals que usaven com a mànecs de
diferents estris.
Aquella pedra, que era més tallant que les que
ells feien servir habitualment, estava al seu sarró d’aquell estrany que els
havia atacat, i que acabaven de matar. Era com ells, però tenia el cap més
arrodonit. Les celles d’aquell foraster no eren tan prominents com les de la
gent de la seua colla.
D’on vindria? N’hi havia més, com aquell?
La colla estava nerviosa des de la trobada amb
aquell forà: sabien que havien pogut matar-lo només perquè ell estava sol,
perquè duia unes coses molt perilloses: una branca que estava lligada dels dos
extrems i que havia usat per tirar-los unes vares molt primes que es clavaven
molt; i feien molt de mal! També s’havia tret del sarró un pal que duia lligada
una llesca de pedra molt afilada, molt tallant. Més encara que la que ell tenia
a les mans.
La nit següent a la brega no van eixir de la
boca de la caverna, i el líder i dos adults es van quedar desperts tota la nit.
Però no hi havia tornat a aparèixer cap altre individu com aquell.
* * * * *
A l’altre vessant de la vall, a la cara de
l’ombria, un grup de la colla del mort, des d’una petita plana descoberta que
havien trobat, es miraven la foguera que havien fet els que havien matat el seu
company.
Hi havien arribat vagarejant des de terres
molt llunyanes, fugint del fred i la gelada.
El dia de la trobada es van esglaiar per la
rauxa que van mostrar els habitants de la vall. No tenien les eines que ells sí
havien aprés a construir, però treien la força del grup. Quan el seu amic es va
trobar amb els de la vall, aquells van començar a cridar-se els uns als altres,
i s’hi van reunir tants que els nouvinguts van pegar a fugir de por.
Els vallers, per contra, havien aconseguit
domar el foc, el tenien a la seua disposició, l’havien fet seu; cosa que els
forasters admiraven, i ja havien vist en altres grups amb qui s’havien trobat,
però només havien aconseguit furtar-ne una flama, en una ocasió, que se’ls
havia apagat en una nit de pluja i no van poder tornar-lo a encendre.
* * * * *
Llavors tots esperaven sense saber què
esperaven. El temps va passar. Molt de temps.
Ara uns homes amb paletes i pinzells rastregen
les marques de la batalla. Les cendres d’aquelles vides.
Salvador
Pallarès-Garí
diumenge, 15 de juny del 2014
Subscriure's a:
Missatges (Atom)






